
Tus pasos, Greta, son como un septiembre viajado y arrogante.
Te veo caminar cada mañana, mientras sorbo ún café en el bar y te imagino débil en mí, sin que eso decida si es bueno o malo. Tan solo ocurre en el interior de los dos. A oscuras y con el enjambre de tus pasos, Greta.
Decido no dejar de mirarte ni una sola mañana, tal es mi desproporción sobre la incandescencia de esos tobillos.
No diluyo el gris pétreo de lo que pisas con tus tacones, Greta.
Que nada se desprenda de este momento, de este estrépito que me acorrala a las ocho de la mañana.




