Andrés olvida sus maldades, como quien limpia un hule viejo.
Andrés se rasca esa piojosa cabeza. Le escuece el hambre y el odio de quien todos han olvidado.
Andrés corre descalzo, manchando la mugre, en busca de su bienhechora la Santa Madre Cola. Andrés inhala tiempos de estrellas, luces y soles. Inhala la madre que nunca tuvo, los besos que alguién le robó, las sábanas y el calor que nunca tocaron su diminuto cuerpo.
Llueve fuera.
Andrés ya no distingue las lágrimas de sus ojos de las del cielo.

