
Primero querían una cobaya, luego un bulbo, después una tortuga rusa, y por último un bonsai.
Al final se decidieron por Betty Krunster, una periquita sosa y almidonada que sólo cantaba los días impares y sin sol.
La dejaban suelta por el piso, pero Betty Krunster apenas hacía un pío cuando andaba a lo pingüino por el mármol de la cocina.
Más de un día dejaron la ventana del salón abierta por si Betty Krunster decidía romper su soledad en busca de un murciélago, cuervo o palomo de ciudad. Pero nada.
Todo ocurrió una mañana soleada del 2 de Agosto mientras desayunaban en la cocina.
Betty Krunster se encontraba encima de la tostadora, cuando oyeron un pío gutural y sordo, un pío grave y revelador, cayendo redonda y sin más explicaciones dentro del aceite frío de la sarten contigua.
Nunca supieron por qué ex-pió un día par y con sol. Hoy tienen a Geldorf Krunster, un papagayo balinés que dice "Betty te quiero" por las noches.
Como los humanos.